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Cultura del juego

Historia de los juegos de azar: del hueso al móvil

Equipo editorial de Tesorazo11 min de lecturaActualizado el 29/05/2026

Ánfora, pergamino y monedas antiguas representados como un grabado

El juego de azar es casi tan viejo como la humanidad. Mucho antes de que existiera una moneda, la gente ya apostaba cosas a un resultado incierto. Conviene mirar de dónde viene todo esto, porque la historia explica por qué hoy el azar está tan regulado y por qué un país como Colombia decidió ponerle reglas claras. Este recorrido no es nostálgico: es la mejor forma de entender qué tienes enfrente cuando abres una casa de apuestas.

Dados de hueso y los primeros apostadores

Los arqueólogos han encontrado astrágalos, unos huesecillos del tobillo de ovejas y cabras, usados como dados primitivos hace más de cinco mil años. Caían en cuatro posiciones distintas y servían tanto para adivinar la voluntad de los dioses como para apostar entre vecinos. En Mesopotamia y en el Antiguo Egipto el dado ya era objeto cotidiano, y con él aparecieron las dos cosas que nunca se han ido del juego: la emoción del resultado y la tentación de hacer trampa.

Lo interesante es que desde el principio el azar tuvo doble cara. Era rito sagrado y, al mismo tiempo, vicio que las autoridades miraban con recelo. Esa tensión, entre fascinación y control, va a repetirse durante siglos.

Grecia y Roma: pasión y prohibición

En la Antigua Grecia se apostaba a peleas de gallos y a los dados, y la mitología hasta contaba que Zeus, Poseidón y Hades se repartieron el universo jugándoselo. Roma llevó la afición al extremo. Los romanos apostaban en las carreras de cuadrigas del Circo Máximo y jugaban a los dados en tabernas, a tal punto que el juego se prohibió oficialmente salvo durante las Saturnales, las fiestas de diciembre. La prohibición, claro, casi nunca se cumplía: hasta los emperadores eran jugadores conocidos.

Aquí ya aparece un patrón que veremos toda la historia: prohibir el juego no lo elimina, solo lo empuja a la clandestinidad. Es justo el argumento que siglos después usarán los Estados para regularlo en vez de perseguirlo.

La Edad Media y el invento de las cartas

Las cartas llegaron a Europa alrededor del siglo XIV, probablemente desde China vía el mundo islámico, y lo cambiaron todo. Eran portátiles, permitían cientos de juegos distintos y mezclaban azar con habilidad. La Iglesia y los gobiernos medievales oscilaron entre tolerarlas y prohibirlas, mientras los naipes se volvían un fenómeno popular en tabernas y palacios por igual.

De esa época vienen muchos juegos que aún reconocemos. El póker, el blackjack o el baccarat son descendientes lejanos de aquellas barajas. Si te interesa cómo funcionan hoy bajo licencia, lo vemos en la portada con las casas que analizamos.

El primer casino: Venecia, 1638

Durante siglos se jugó en cualquier parte, pero sin un espacio oficial. Eso cambió en 1638, cuando Venecia abrió el Ridotto, considerado el primer casino regulado por un Estado. La idea era sencilla y muy moderna: si la gente va a jugar de todos modos, mejor hacerlo en un lugar controlado, con reglas y con impuestos para la ciudad. El Ridotto exigía vestimenta formal y apuestas altas, así que en la práctica era cosa de nobles.

De ahí en adelante el modelo se expandió por Europa. Monte Carlo convirtió el casino en símbolo de lujo en el siglo XIX, y Estados Unidos hizo lo propio con Las Vegas en el XX. El concepto de fondo seguía siendo el del Ridotto: un espacio autorizado donde la casa siempre tiene una ventaja matemática a su favor, algo que explicamos en detalle en por qué la casa siempre gana a largo plazo.

Sorteos que levantaron ciudades

No todo el azar fue diversión privada. Durante siglos, los sorteos públicos sirvieron para financiar obras que los impuestos no alcanzaban a cubrir. En la Europa renacentista y luego en las colonias americanas, los gobiernos organizaron rifas para construir murallas, puentes, acueductos e incluso universidades. La lógica era atractiva: la gente participaba de forma voluntaria y la ciudad se quedaba con un porcentaje para la obra pública.

Ese vínculo entre azar y financiación del Estado no es anecdótico. Es, en buena medida, la raíz del modelo actual, en el que el juego paga impuestos y aporta a la salud pública. En Colombia esa conexión es directa, como veremos más abajo.

El azar cruza a América

Los conquistadores trajeron los dados y las cartas en sus barcos, y el azar se mezcló con las costumbres locales. En la América colonial el juego fue popular y, otra vez, perseguido y tolerado por turnos. Las autoridades coloniales intentaron regular las casas de juego y cobrar por las licencias, repitiendo el mismo dilema de Roma y Venecia: controlar en lugar de prohibir.

Con la independencia y la formación de los nuevos países, cada Estado fue armando su propia relación con el azar. Algunos lo prohibieron, otros lo toleraron, y muchos tardaron más de un siglo en darle un marco serio.

Colombia: del juego informal a Coljuegos

En Colombia el juego convivió mucho tiempo con la informalidad. El chance, los gallos y las mesas de cartas eran parte del paisaje popular, a menudo por fuera de cualquier control estatal. El gran cambio fue entender el azar como un monopolio rentístico del Estado: es decir, una actividad cuyos recursos deben destinarse, por mandato, a la salud pública.

Sobre esa base nació Coljuegos, la entidad que hoy administra y vigila los juegos de suerte y azar. El paso decisivo para internet llegó con la reglamentación del juego en línea: desde 2016 Colombia se convirtió en pionera de la región al exigir que los operadores firmaran un Contrato de Concesión para operar legalmente. Eso explica por qué insistimos tanto en la licencia, un tema que desarrollamos en por qué conviene jugar solo en casas con licencia.

El resultado es un sistema donde las casas legales pagan, responden y aportan a la salud, y donde el jugador tiene a quién reclamar. No es un detalle menor: es la diferencia entre un mercado regulado y la vieja clandestinidad de siempre.

La era digital y el salto al celular

El último capítulo lo escribió internet. En pocos años el casino dejó de ser un edificio y pasó a caber en un bolsillo. Primero fueron las páginas web; luego, las apps; hoy, buena parte del juego ocurre desde el celular, con pagos por PSE o billeteras como Nequi y Daviplata, y con transmisiones en vivo que imitan la mesa física.

Esa comodidad trajo ventajas y riesgos nuevos. Por un lado, el acceso a casas reguladas es más fácil y transparente que nunca. Por otro, tener el juego siempre a mano exige más autocontrol, porque desaparece la fricción de salir de casa. Es uno de los motivos por los que la regulación moderna pone tanto énfasis en herramientas como los límites de depósito y la autoexclusión.

El azar en la cultura popular

El azar no vive solo en los casinos: está metido en la forma en que hablamos y celebramos. La idea de la suerte atraviesa refranes, supersticiones y rituales de medio mundo. Cruzar los dedos, soplar los dados o guardar un billete de la suerte son gestos que no cambian ninguna probabilidad, pero que reflejan cuánto nos atrae la promesa de un golpe de fortuna.

En muchos países el sorteo de fin de año es casi una tradición familiar, un ritual colectivo más social que económico, donde lo que se comparte es la ilusión más que la expectativa real de ganar. Ese arraigo cultural explica por qué el juego es tan difícil de prohibir: no es solo una transacción, es parte del folclore.

El cine y la televisión han hecho el resto, vistiendo el casino de glamour, riesgo y astucia. La imagen del jugador que lo arriesga todo y gana es atractiva, pero es ficción: en la vida real la casa mantiene su ventaja matemática. Esa distancia entre el mito y la aritmética es justo donde más conviene tener los pies en la tierra, porque cuando algo está tan tejido en la cultura, es fácil bajar la guardia.

Qué nos deja esta historia

Si algo enseña este recorrido de cinco mil años es que el azar no se va a ningún lado. La pregunta nunca fue si la gente iba a jugar, sino en qué condiciones. La línea va de los huesos de oveja a la app regulada, pasando por Venecia y por la idea de que el juego puede aportar al bien común si está bien controlado.

Para nosotros, que comparamos casas, esa historia es una brújula. Explica por qué solo miramos operadores con licencia, por qué hablamos siempre de juego responsable y por qué insistimos en que la casa tiene ventaja matemática. Conocer de dónde viene el juego ayuda a tomarlo por lo que es: un entretenimiento con reglas, no una promesa de plata fácil.